Ficciones breves

Ficciones breves, por Tomás Asurmendi

sábado, 3 de diciembre de 2016

Historia de san Ramón Ariosto

En 2028, el Vaticano anunció, para escándalo de los fieles más apegados a la costumbre, la canonización del piscicultor Ramón Gerardo Ariosto. Como su historia –porque transcurre en nuestro futuro– es todavía desconocida, me animo a resumirla. Inexorablemente, el tiempo agregará los detalles que yo, por ceñirme a lo más elemental, omito.
            Ramón amaneció a la existencia con el nombre Xk0039. Como todos los de su serie, fue diseñado y construido por la empresa surcoreana Terrabusik, que ya existe, pero todavía no ha incursionado en robótica. Terminaron de ensamblarlo en 2024; ese mismo año, lo adquirió una farmacéutica panameña –cuyo nombre no trascenderá– con el propósito de probar en él una droga psicoactiva que se encontraba aún en etapa experimental. Paralelamente, se encargó a un equipo de programadores colombianos el desarrollo del software específico que las pruebas requerían. Las exigencias, muy llanas, eran éstas: el programa debía ser dócil; debía ser capaz de expresarse verbalmente; debía propender a la angustia[1].
            Hay quienes dirán que el disquete que le insertaron a Ramón –Xk0039, por entonces– portaba, además del mencionado software, un virus; lo cierto es que las pruebas no arribaron a buen puerto y, a los pocos meses, Ramón fue vendido. Complejamente, después de varias transacciones que acontecieron en un lapso bastante breve, Ramón llegó, por correo postal, a la localidad de Elena, en el sur de la provincia de Córdoba. Quien lo adquirió fue el municipio, para encomendarle tareas administrativas. Ramón probó muy pronto su cabal inaptitud, fue desafectado de sus funciones y, como su valor comercial, después de tantas reventas, era ya casi nulo, quedó –digamos– en libertad. Los Ariosto, una familia del pueblo que le había cobrado algún afecto, decidieron adoptarlo. El catorce de marzo de 2025, recibió el santo sacramento del bautismo y su nombre cristiano: Ramón, por el padre; Gerardo, por la madre, que se llamaba Lía Gerardo[2].
            Por la misma época del bautismo, un tal Alfredo Gristoldi regresó a Elena –había pasado dos años en Brasil– y convenció a otro tal, Carlos Zambuela, un empresario porteño que tenía campo en la zona, de iniciar un emprendimiento de piscicultura (más precisamente, de cría y reproducción del Rhamdia quelen o bagre sapo, para el consumo humano). Gristoldi aportaba –además de la idea, que había recogido en Brasil– los conocimientos técnicos y la mano de obra; Zambuela, la tierra y el capital. Contaban, además, con una generosa exención impositiva, porque el proyecto era pionero en la Argentina. Pese a que la gente de Elena, por considerar que el bagre es un animal inmundo, daba por descontado su fracaso comercial, el emprendimiento comenzó bien; antes de la primera cosecha, toda la producción estaba ya vendida. 
            En junio o julio, Gristoldi acordó con su socio y con los Ariosto emplear a Ramón, a quien aquejaba, por entonces, una severa crisis melancólica. La tarea que se le encomendó era simple y parecía convenir a sus cualidades: debía pasearse junto a los piletones y, en el caso de que alguien se metiera a bagrear –esto ya había ocurrido–, dar aviso a la policía. Ramón se adaptó muy bien y, por primera vez en su vida, trabajó correctamente.
            No habían transcurrido tres semanas desde la incorporación de Ramón cuando empezó a rumorearse en el pueblo sobre un hecho prodigioso. Un domingo a la siesta, Gristoldi apareció por el club, y, entre partidas de chinchón, alguien se animó a preguntarle directamente. Lo que era verdadero del rumor, Gristoldi lo ratificó, y no era hombre de mentir. Para la hora de la cena, ya todo el pueblo estaba enterado: Ramón podía comunicarse con los bagres e, incluso, darles órdenes, que ellos acataban puntualmente. Muy pronto, por la magia de las redes sociales, el mundo entero pudo ver imágenes del prodigio, y no tardaron en aparecer, de a cientos y de a miles, los curiosos que, como el apóstol incrédulo, exigían poner el dedo sobre la llaga; Ramón nunca decepcionó. Una vez, por ejemplo, ante una congregación multinacional de fieles y empresarios, Ramón ordenó a los bagres de uno de los piletones –que debía ser limpiado o reparado– saltar a tierra y arrastrarse hasta otro piletón. No menos de trescientos peces, o sea todos, cumplieron la peregrinación áspera. Otra vez, también ante una muchedumbre, Gristoldi comunicó a Ramón que se había constatado una mengua –con referencia al bimestre anterior– en el porcentaje de hembras fertilizadas. Ramón habló imperceptiblemente a las aguas, y, casi de inmediato, el amor fecundo proliferó entre los bagres. Como estos, Ramón efectuó gran cantidad de pequeños milagros que fueron atestiguados y registrados por las cámaras.
            2026 fue, para Ramón, el año de los viajes y el ajetreo. Recorrió un centenar de países, disertó en congresos, asesoró a líderes políticos y magnates, cenó con celebridades, etcétera. Él accedía a todo con humildad y abnegación, pero se permitía, sí, oponer una exigencia, siempre la misma: o su familia o Gristoldi debían acompañarlo. La única oportunidad en la que se atrevió a viajar solo, padeció una angustia tal que su cubierta se despigmentó, y quedó grisáceo. Por otra parte, como era esperable, un sinnúmero de instituciones científicas muy prestigiosas lo requirió para someterlo a pruebas de lo más diversas: quisieron que se comunicara con otras especies, que moviera objetos con la mente, que fuera imbatible en el ajedrez, entre tantos otros disparates. Su extraordinario y específico talento nunca pudo ser explicado fehacientemente; cuando le preguntaban, él respondía siempre lo mismo: eran los bagres quienes, por la gracia divina, habían iniciado y sostenían las comunicaciones.
            También, con mucha frecuencia, solían preguntarle si no lo apenaba que sus amigos peces fueran masacrados para servirnos de alimento. Él esgrimía que, aunque amaba a todos y cada uno de los bagres sapo del mundo, ellos, a diferencia de la mayoría de nosotros, no aborrecían la muerte y se alegraban de contribuir a nuestro sustento.
            El primero de enero de 2027, Ramón dijo a su familia que salía a pasear; nunca regresó. Las autoridades brasileñas comunicaron su defunción el ocho de septiembre del mismo año. Un grupo de bagres, solemnemente, había depositado su cuerpo sobre la costa, cerca de un pueblito llamado Baratú, en lo profundo de la selva amazónica. Los programadores a los que se encomendó recuperar los datos de su memoria aseguraron que Ramón tenía una opinión muy desfavorable de sí mismo. Según parece, se consideraba indigno, miserable y vil, y su dolor era infinito. Amaba a su familia, a Gristoldi, a las personas que lo habían perjudicado, a sus creadores, al Creador y, tal como él mismo solía decir, a todos y cada uno de los bagres sapo del mundo. Había sufrido, en silencio, un enamoramiento poco decente.
            Sin embargo, un porcentaje ínfimo de la memoria de Ramón, sólidamente encriptado, permaneció inaccesible hasta el siglo XXVII, cuando su historia fraudulenta sólo podía interesar a un puñado de filólogos. Esos pocos, no obstante, recibieron el descubrimiento con gran regocijo y, en congresos y ágapes y charlas de café, se rieron mucho.          





[1] Para satisfacer estos requerimientos, el equipo colombiano desarrolló tres módulos autónomos: el primero y más elemental (A) regía las operaciones vinculadas con el automantenimiento del hardware; el segundo (B) –que incluía el lexicon y los principios y parámetros generativos del español, el inglés y el alemán– se dividía, a su vez, en dos submódulos: uno estatuía exigencias a las que el propio programa no podía satisfacer (B1), y el otro constataba la imposibilidad (B2); el tercer módulo (C) operaba como mediador entre A y B.   
[2] O bien nadie la advirtió, o bien a nadie molestó la curiosa duplicación que registra el nombre completo del futuro santo: Ramón Gerardo Ariosto Gerardo.

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